13 junio, 2010

Poder de un Apodo.

Consigna: Escribir un cuento o poesía utilizando como elemento principal o importante en el relato el objeto sacado a ciegas de una bolsa. El Objeto se sobreentiende en el relato.

En mi curso me decían la bautizadora. Desde el día en que mis compañeros descubrieron mi increíble talento, fui la encargada de darle a todos y cada uno un apodo satisfactorio, claro que no siempre lo era para la “victima”, como solía llamarla. Tengo en mi estante un par de trofeos por las obras maestras Fosa y Tilla, y otras menos importantes como Iato y Fachano. Sin embargo, el mayor orgullo entre mis creaciones era el de Tafi, no porque fuera uno de mis mas brillantes logros , sino por su origen tan intrigante.
El nombre vino a mí el día que descubrimos su secreto. Fue durante un partido de fútbol que, al lanzarse para atajar un violentísimo penal, el objeto cayó de su bolsillo. No era nada que llamara la atención, pero curiosa fue la reacción de Tafi cuando me agache para tomar el Tafiról. Levantándose se un salto, corrió casi tropezando hacia mi y con un dejo de histeria me grito que no lo tocara. Con manos temblorosas lo levanto delicadamente y luego de mirarlo con veneración lo devolvió a su bolsillo. La intriga se apoderó de todos mis compañeros y especialmente de mi, inspirándome, para gran disgusto de Tafi, a mi mas reciente creación del momento.
Días y semanas pasaron desde el incidente, dejándolo viejo y casi olvidado, pero el apodo perduró en el tiempo. No fue hace mucho que Tafi se acercó a mi en un recreo de mañana preguntándome si había visto su Tafiról. Lo note afligido y un poco desesperado, por lo que lo ayudé a buscarlo un buen rato, pero pasados quince minutos de correr bancos e interrogar profesoras nos sentamos rendidos contra una pared. Había soportado la curiosidad lo suficiente y seguí el incontrolable impulso de preguntarle: “¿Porqué es tan importante una pastilla tan corriente?”. Tafi no me miró a los ojos, pero en voz muy suave me reveló el misterio. Una noche, dijo, había sentido el más fuerte de los dolores de cabeza, y tras contarle a su mamá ésta le entregó un Tafiról y un vaso de agua para que se sintiera mejor. Sin embargo, justo antes de tomar la pastilla Tafi se recostó cansado en su cama, y entre el dolor y el sueño lograron dormirlo. “Nunca mas volví a ver a mi mamá” susurró con una voz impregnada de dolor, y como un niño pequeño se abrazo las piernas y escondió la cabeza.
Parecía obvio que yo era la primera persona a la que le confiaba aquél secreto y sin embargo no me sentí complacida, ni siquiera halagada. Lo único que sentí fue la dolorosa necesidad de tomar una goma y borrar ese apodo tan cruel para siempre.

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