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29 marzo, 2011

Ana.

Ana siempre soñó con ser una escritora. Horas y horas se pasaba en la biblioteca leyendo las obras mas conocidas. Tomaba notas y todo, querías ser la mejor. Como me reía por dentro cuando leía los cuentos de Ana. Ponía continuamente la conjugación “Vos andantes”, escribía a través todo junto y siempre usaba la palabra temerario para describir algo aterrador. Sus cuentos eran un divertimento para la familia, y sin embargo una vergüenza para Ana, quien quería ser una escritora publicada como su padre. Pobre Ana, la escritura no era la suyo, pero es verdad que se esforzaba, horas y horas en la biblioteca.
Presentaba sus historias en los concursos mas importantes, a los mismos que yo. Como dije, quería ser la mejor. Obviamente los cuentos regresaban, una y otra vez sin un peso en el sobre, porque como también ya dije, la escritura no era lo suyo.
Pero un día ana se enfermó, y se enfermó muy gravemente. Los doctores me decían que no había mucha esperanza, y decían mucha solo para hacerme sentir mejor, o menos peor. Yo quería que Ana viviera la experiencia de ganar. Yo quería verla sonreír con el premio en una mano y el cuento publicado en la otra, quería hacer a mi hija feliz. Conseguí un concurso, era de los grandes, y cuando llego la hora de enviar nuestros cuentos tome una birome e invertí los nombres. Quizás pasara vergüenza, pero sabía que valía la pena.
El tiempo pasaba y los sobres no llegaban. Y lo más doloroso de todo, Ana empeoraba. Empeoró hasta que los doctores sacaron el mucha de la frase y terminaron por decir “no hay esperanza”. El funeral fue muy intimo, solo la familia, y decidimos enterrarla con uno de sus cuentos, el mejor, ese sobre un viaje temerario que en verdad era aterrador. Ana, la escritura no era lo suyo, pero nunca podría habérselo dicho.
Meses después saqué dos sobres grandes del buzón de la casa. Los miré por varios minutos y finalmente abrí el primero. ¿Sería el cuento nuevamente rechazado? Mucho no me importaba, no vería a Ana sonreír. Sin embargo, sería bueno para su memoria: su sonrisa un recuerdo inventado, un libro con su nombre grabado. Abrí el sobre y lo saqué, si, era un libro, un libro de cuentos verde y flaco, y en la primera página encontré un cheque por mil pesos, un cheque con mi nombre. Contra el verde de la tapa resaltaba el mismo nombre, y justo al lado un título: “un viaje aterrador”.

27 marzo, 2011

Vida.

Me desperté transpirada, con la nuca empapada, el flequillo separado y los ojos mojados. Trate de recordar ¿qué había soñado? Nada me vino a la mente. Suele pasarme, asustarme por nada, llorar sin razón, perderme momentos. No me explico como siempre termino mal. No me explico como nunca hay pesadilla.

Me puse a pensar en la vida, en la muerte. ¿por qué será que la gente se compra mascotas? Saben que van a morir temprano. Hay cosas que simplemente no tienen explicación. ¿acaso la gente quiere sufrir? ¿acaso la gente sí se deja estar porque quieren vivir en las villas miserias? Una teoría que nunca quise aceptar. Entonces, ¿cuál es la respuesta? La gente busca amor. Quiere un perro que lo lama y un lugar donde habitar. Quiere a alguien que los cuide cuando ni ellos se pueden mirar y decir: algo anda mal. Quieren una excusa para sonreír cuando todo esta mal, un alguien que te seque las lagrimas y la nuca, alguien que te acomode el flequillo y te bese la frente cuando hay que llorar.

Me levanté de la cama, no quería estar sola. Sin embargo no había nadie ni afuera ni adentro, ni siquiera doblando a la derecha y tocando la puerta. A veces pienso que la solución de mi hermana para todos sus problemas es la perfecta. Irse simplemente, irse de parranda. Tomar hasta olvidar los problemas, besar a cualquiera que le ofrezca ese amor ya mencionado y tanto buscado, pero siempre en escalas imperceptibles. En cambio mi mama no se escapa, sino todo lo contrario. Si parece que yo lloro por nada y lloro por todo, ni se imaginen a mi mama. No hay día que sus ojos no estén rojos, y no se puede culpar a las drogas, como lo hago con mi hermana.

Fui a la cocina y me serví un vaso de agua, lleno de microbios, como diría mi abuela. La apoye en la mesa y la observe por unos minutos. Si, tenia algunas cositas flotando. ¿serian gérmenes? ¿serian seres vivos? Ojala pudiera separarlas del agua y mirarlas con atención. Quizás ellas también buscaran amor. Quizás si las separara se arrastrarían las unas a las otras. O quizás son solo microbios. Me tome el vaso de agua. ¿dónde estaría mi mama? Esperaba que en su cuarto, pero no escuchaba llantos. Camine hasta su puerta y la empujé lentamente. No estaba. Trabajando, supuse, y dejó sus pastillas como siempre. Si le devolvieran lo que gasta en cada antidepresivo que se pudre en la mesita de luz, no tendríamos tantos problemas.

Hay momentos en la vida que la esperanza es algo abstracto. Lo ves en las películas, lo ves en las sonrisas de extraños, y sin embargo no es algo que puedas sentir. Es como el amor, ¿qué es el amor? Un beso, una caricia, ¿una mirada sostenida? La verdad no sabría decir, nunca sentí nada parecido. No estoy segura ni siquiera de que la gente valga la pena. Solo causan problemas, aumentan el peso, suman a la vida propia la carga que llevan en la espalda. Hay veces que considero escapar, buscar un rincón solitario en el medio de la nada donde poder gritar a los cuatro vientos y poder ser yo misma sin limitaciones, sin las barreras que crea la gente que nos importa. He llegado a considerar hasta abandonarlo todo, porque quizás a lo lejos me espera algo iluminado, un universo de soledad. Sin embargo acá sigo, entre las pastillas y mi vaso con microbios, entre mi cama desarmada y el vacío que solían ocupar mi hermana y mi mamá.

14 julio, 2010

El Elegido.

Consigna: Escribir un cuento que tenga las caracteristicas del cuento moderno según Edgar Allan Poe. Principalmente: tiempo de lectura maximo 1h y media, impresion rapida y de conjunto, ruptura de la presentacion lineal, desenlace sorpresivo.

Me ha salvado. Él me ha dado la libertad y por ella le debo la vida.
El mundo en el que vivía antes de ser encontrado era frío y oscuro. Sobre todo era reducido, tan reducido que me veía obligado a rozar y sentir a cada ser que me acompañaba. Sin embargo cada vez éramos menos, poco a poco la cárcel se iba vaciando. Nuestro líder lo decidía y de un momento a otro, uno más desaparecía. Siempre se iban hacia arriba, como tomados por la mano del líder, se elevaban hacia el cielo lejano de nuestra jaula para no volver a ser vistos nunca más. Pero no había razón alguna, no sabíamos porque el líder nos buscaba. No había ni patrón, ni motivo ni excusa, solo simple sucesión, pues entre estas cuatro paredes éramos todos iguales. Todos del mismo color, las mismas facciones, incluso respirábamos con el mismo sonido. Éramos idénticos, y los sabíamos, pues nos veíamos reflejados en cada una de las vidriosas paredes que nos separaban del exterior, tentándonos con su transparencia y sin embargo deseando que el líder jamás nos eligiera. Pero lo hizo. No sabría decir cuando, pues entre copias de uno mismo es difícil distinguir el paso del tiempo, pero recuerdo que fue un instante de pavor, de dolor y de alivio. Incapaz de moverme, pues así somos nosotros, observé como la garra descendía nuevamente. Pero nunca había estado tan cerca, tan temeraria como aquél día en que decidió tomarme. Me agarró. Sentí con desesperación como sus pinzas se cerraban alrededor de mi cuerpo y se elevaban con autoridad, inundándome inesperadamente de una placentera sensación, la de volar por los aires de aquel triste encierro. En ese momento me vi despojado de ese irracional miedo a lo desconocido y dirigí mi esperanzada mirada hacia la pared cristalina. Ésta dejaba ver el rostro de un niño, un niño tan sonriente que sus encías resaltaban y sus mejillas se redondeaban sonrosadas. El niño me miraba, me miraba y sonreía, sonreía hasta que lo perdí de vista. Repentinamente el líder me soltó, me dejó caer fugazmente hacia un túnel que descendía con infinita oscuridad, mientras escuchaba las voz del niño exclamando:
- Mirá mamá, atrapé un juguete!

16 junio, 2010

Equis

Soy carnosa y estoy anonadada por lo que me ocurrió. Me llamo María Amanda y soy una vaquera estelar en rollers fucsias. Yo trepaba por el espectro que estaba al fondo del cráter, era el obelisco. Hacía horas o minutos que bajaba o ascendía, persiguiendo aquella estrella brillante y bella. Borrosas figuras danzaban a mi alrededor, levitando en el aire como pompas de jabón y riéndose ante mi evidente gravedad. Fueron rudamente interrumpidas por una voz profunda. “halla X” dijo desde el fondo del cráter, la punta del obelisco o ¿era la voz del espectro?. Mas sin números ni cálculos ¿cómo se suponía que lo hiciese?. Como habiendo leído mis pensamientos la voz se manifestó de nuevo, esta vez con un dejo de maldad tan notable que las figuras huyeron dejándome más sola que nunca. “incorrecto” espetó la voz, y de un instante a otro me encontraba huyendo de la X más grande imaginable, que había descendido desde el infinito cual helicóptero y amenazaba con rebanarme como a una ordinaria verdura. De repente leía Eclipse sentada en mi cama mientras comía pizza. Relataba sobre un joven flacucho apresado por cadenas, se llamaba Juan Carlos y usaba jeans corte Oxford. Desperté sobre la almohada y sentí algo crocante dentro de mi boca, era la pieza de un rompecabezas.

13 junio, 2010

La vida es un Tren.

Consigna: Escribir un cuento o Poesía usando como inspiración una de las respuestas a las preguntas para pensar rápido que compartimos en clase.

Sobre rieles infinitos se deslizan nuestras vidas. Los vagones se suceden, se persiguen, recorriendo con lentitud nuestra existencia, o quizás demasiado rápido. Es un tren que continúa, siempre avanza y nunca frena. Sin importar cual sea tu deseo, regresar para cambiar lo pasado, avanzar para explorar lo futuro, la velocidad del tren es constante y con una ultima y seca parada. Las personas que suben, las personas que bajan, dejan en sus pisos una marca imborrable. Sus pisadas son recuerdos, son momentos compartidos, un aporte inevitable al sendero de tu vida.
Recuerdo el reflejo de la luz en su figura, el contraste del ocaso cuando entró y piso inseguro. Su mirada de inocencia inundada de tristeza y una mano temblorosa esperando ser tomada. Y lo hice. Aquél día indefenso lo encontré, y asustado parecía, con su mirada fija hacia la calle y sin embargo ojos ciegos. Lo guié con todo apoyo, lo lleve hacia su destino, y con un ligero gracias continuó por su camino.
No duró mas de un minuto su presencia en el vagón, antes de que se alejara a través de la compuerta, sin embargo son sus huellas las mas profundas en mi recuerdo.

Poder de un Apodo.

Consigna: Escribir un cuento o poesía utilizando como elemento principal o importante en el relato el objeto sacado a ciegas de una bolsa. El Objeto se sobreentiende en el relato.

En mi curso me decían la bautizadora. Desde el día en que mis compañeros descubrieron mi increíble talento, fui la encargada de darle a todos y cada uno un apodo satisfactorio, claro que no siempre lo era para la “victima”, como solía llamarla. Tengo en mi estante un par de trofeos por las obras maestras Fosa y Tilla, y otras menos importantes como Iato y Fachano. Sin embargo, el mayor orgullo entre mis creaciones era el de Tafi, no porque fuera uno de mis mas brillantes logros , sino por su origen tan intrigante.
El nombre vino a mí el día que descubrimos su secreto. Fue durante un partido de fútbol que, al lanzarse para atajar un violentísimo penal, el objeto cayó de su bolsillo. No era nada que llamara la atención, pero curiosa fue la reacción de Tafi cuando me agache para tomar el Tafiról. Levantándose se un salto, corrió casi tropezando hacia mi y con un dejo de histeria me grito que no lo tocara. Con manos temblorosas lo levanto delicadamente y luego de mirarlo con veneración lo devolvió a su bolsillo. La intriga se apoderó de todos mis compañeros y especialmente de mi, inspirándome, para gran disgusto de Tafi, a mi mas reciente creación del momento.
Días y semanas pasaron desde el incidente, dejándolo viejo y casi olvidado, pero el apodo perduró en el tiempo. No fue hace mucho que Tafi se acercó a mi en un recreo de mañana preguntándome si había visto su Tafiról. Lo note afligido y un poco desesperado, por lo que lo ayudé a buscarlo un buen rato, pero pasados quince minutos de correr bancos e interrogar profesoras nos sentamos rendidos contra una pared. Había soportado la curiosidad lo suficiente y seguí el incontrolable impulso de preguntarle: “¿Porqué es tan importante una pastilla tan corriente?”. Tafi no me miró a los ojos, pero en voz muy suave me reveló el misterio. Una noche, dijo, había sentido el más fuerte de los dolores de cabeza, y tras contarle a su mamá ésta le entregó un Tafiról y un vaso de agua para que se sintiera mejor. Sin embargo, justo antes de tomar la pastilla Tafi se recostó cansado en su cama, y entre el dolor y el sueño lograron dormirlo. “Nunca mas volví a ver a mi mamá” susurró con una voz impregnada de dolor, y como un niño pequeño se abrazo las piernas y escondió la cabeza.
Parecía obvio que yo era la primera persona a la que le confiaba aquél secreto y sin embargo no me sentí complacida, ni siquiera halagada. Lo único que sentí fue la dolorosa necesidad de tomar una goma y borrar ese apodo tan cruel para siempre.

30 mayo, 2010

Temores Nocturnos

Este cuento lo escribí cuando tenía 12 años. y lo sentí:

Yo misma trabé temerosa el placard y los cajones, la ventana esta cerrada, y la puerta descansa abierta y así permite entrar la luz que llega desde el baño. Mejor prevenir que curar, puedo decir, pero hay cosas que no se pueden prevenir tan fácilmente. Tal vez una buena compañía seria la prevención perfecta, pero no es tan fácil admitir necesitarla.
No importa que tan extremado sea el calor, de los pies al cuello me cubre la frazada, así me siento protegida. Estoy rodeada de gente, yo lo se y tengo conciencia de ello, pero no son compañía precisamente, los cuerpos descansando y las mentes dormidas.
Una de las ventajas de la luz, es que uno puede ver lo que lo rodea, a que temer y que ignorar. Pero a oscuras, que es como veo la habitación, uno no tiene idea de lo que pueden esconder los muebles, las cortinas o simplemente la oscuridad. Me ciento en la cama asustada y prendo la luz, reviso las esquinas del cuarto con la mirada y rápidamente me tapo hasta el cuello y quedo a oscuras otra vez. Cierro los ojos e intento relajarme pero lo que no hallé en las esquinas aparece en mi mente. Abro los ojos aterrorizada.
Trato de no pensar, pero es cuando comienzo a escuchar. Un ínfimo sonido podría ser una criatura en su escondite, o un intruso en la casa. Solo puedo imaginar que lo que oigo es algo terrible, temible y sobre todo negativo.
Cierro los ojos con fuerza y me tapo los oídos con la frazada mientras concentro mi mente en otra cosa. El primer pensamiento que se cruza por mi mente es alguna película de terror, que por supuesto no mire, pero con escuchar la historia me basta para formular mi propio drama. Los temibles personajes se vuelven reales para mi y puedo sentirlos a mi alrededor, o simplemente puedo verme en una situación atemorizante que la historia contiene.
Cuando no hay seguridad ni en la realidad ni en la imaginación, y uno ya no tiene donde esconderse, es cuando uno comienza a aterrarse. En este extremo intento vaciar mi mente, pero es imposible. Puedo sentir como las lagrimas se deslizan por mis cachetes. Tapo completamente mi cabeza con la frazada y con ella raspo mis oídos para no oír nada. Para distraerme, cuento del cien al uno e intento imaginar los números en mi mente. De tanto en tanto me destapo mi agitada y transpirada cabeza para refrescarme y finalmente, me quedo dormida entre números.

17 mayo, 2010

Federico Jarrón

Federico Jarrón era único entre sus hermanos, la excepción a la regla familiar. Su hermana mayor, Mariela, tocaba el saxo como los dioses. Rubén maravillaba con sus solos de flauta y Romina con los acordes de su guitarra. Josesito no se quedaba atrás, marcando la percusión de todas las melodías que su hermano Sergio componía en el piano. Las anteriores a Federico, Silvia y Carla, aspiraban a ser algún día prestigiosas cantantes de ópera, formando un dúo llamado las gemelas del Jarrón. Sin embargo, quizás por un cambio en los genes o quizás por pura casualidad, Federico, el último y mas joven, carecía de total talento para la música. Tanto era así que la primera vez que agarro una guitarra rompió una cuerda, cuando intentó aprender a tocar el Saxo los vecinos se mudaron y cuando canto en una cena familiar su madre se largo a llorar. Fue por esto que cada vez que la familia Jarrón formaba una orquesta para el festival municipal, Federico era el encargado de iniciar la obra maestra con un simple y seco golpe del triangulo, si es que no le erraba.
Todos los Domingos, Mama y papá Jarrón guiaban a sus hijos a la plaza del barrio, donde se organizaba una informal improvisación musical de la que siempre formaban parte. Caminando al ritmo del himno nacional, los personajes se acercaban al centro de la plaza cuando el evento abría sus puertas, quedando Federico apartado detrás por los constantes tropezones que tanto molestaban a sus hermanos. Durante casi media hora, Federico se mentalizaba para tocar el triangulo en el momento correcto y no volver a quedar en ridículo como la semana anterior y la otra, y se sentaba nervioso a la orilla de la laguna practicando el uso de su majestuoso instrumento. Quizás si mejorara le dejaran tocar el toctoc, pensaba mientras golpeaba arrítmicamente, cuando repentinamente una sombra se proyecto arriba de su figura reflejada en el lago, desconcentrándolo a tal punto que cuando sonó el último “Ding” el triangulo dorado cayó a la laguna y se hundió hasta el fondo.
Entre enojado y afligido, Federico se dio vuelta para mirar al causante de tal desastre, y se encontró con una niña de lo mas bonita, quizás tanto que intimidaba, que lo miraba con divertido interés. La chica le sonrió, le entregó un delicado violín color suela y sin mas preámbulos se fue a paso veloz. Federico no sabía si perseguirla o llorar. El único instrumento que era capaz de tocar estaba en las profundidades de la laguna y solo le quedaba aquella pequeña guitarra de la que ni siquiera sabía el nombre. Aunque algo le inspiraba confianza, algo en aquel precioso instrumento lo tentaba a tomar esa varilla y rozar las ¿como se llamaban? Ah, cuerdas. Fue en ese momento que su madre lo llamó un tanto histérica para que se acercara a la tarima. Federico subió torpemente al escenario de madera y se colocó detrás de Rubén como todos los domingos. Estaban sus hermanos tan concentrados en dar una buena impresión, que ninguno notó el cambio de instrumento de Federico, quien se secaba la cara con las mangas del abrigo y temblaba convulsionadamente de los nervios.
Cuando su madre se colocó en frente de los chicos y apuntó a Federico con el palillo para que éste diera comienzo al espectáculo, la cara de espanto de la mujer fue tan impresionante que las gemelas pegaron un agudísimo grito. Pero para sorpresa de todos, un sonido mucho mas agradable inundó la plaza. Federico, asustado por la expresión de su madre, había comenzado a tocar el violín con violentísima velocidad, deseando con todo su ser que las cuerdas no salieran volando como aquella vez y que sus hermanos decidieran comenzar para tapar el estruendo. Pero la reacción de su familia y del público fue otra. Todos quedaron ridículamente petrificados con las bocas colgantes y los ojos mas blancos que nunca. El sonido que salía del instrumento no era sino el más hermoso que habían escuchado. No era una obra conocida, no, pero era todas. Era para los oídos una mezcla de todas las grandes obras de la historia y aún mas grande. Era para los oídos un paraíso de acordes, una sinfonía de placer, un sueño entre silbidos. La guitarra cayo de las manos de Romina y el saxo sonó estruendosamente contra el piso mientras Silvia y Carla pegaban otro grito, esta vez de asombro.
Ante tantas miradas de desconcierto Federico se sintió entusiasmado y, sin considerar la salud de su madre, aprovechó un rapto de inspiración para sonar aún mas profesionalmente, por lo que ésta cayó al suelo dramáticamente y sus siete hijos la rodearon preocupados. Pero Federico no se detuvo sino que tal conmoción lo llenó de música y siguió componiendo hasta que solo se escuchaba su pasión a través del violín. La gente había comenzado a reaccionar y muchos aplaudían aunque la sinfonía no hubiese terminado. ¿cómo se atrevían a interrumpir su arte? Federico se sintió encolerizado, sentimiento que lo llevó a cambiar la melodía a una aún mas rápida y emocionante, aún más espectacular. Pero el público comenzó a distraerse cuando otro cuerpo cayó inerte sobre la madera, el de su padre, quien no solía tener este tipo reacciones. Pero cualquier preocupación que Federico sintiera se mezclaba con emociones anteriores para formar un conjunto de acordes complejísimos. El enojo se le subió a la cabeza cuando notó que la gente no le prestaba atención. ¿Es que no apreciaban la buena música? Y Federico siguió sonando sin cansancio entre llamadas telefónicas y gritos de histeria de sus hermanas, entre un mar de gente moviéndose y esquivando paramédicos recién llegados. Nada lo frenaría, nada, este era su momento maravilloso, el más deseado, y el inicio de un destino glorioso.
Y repentinamente todo acabó. La guitarrita le fue arrebatada de las manos y con un aterrador chapuzón se hundió en la infinidad de la laguna al igual que su preciado triángulo. Sus hermanos se habían deshecho del violín para bien de todos y para eterna desgracia de Federico, quién agradeció cuando finalmente lo elevaron al rango del toctoc.