Ana siempre soñó con ser una escritora. Horas y horas se pasaba en la biblioteca leyendo las obras mas conocidas. Tomaba notas y todo, querías ser la mejor. Como me reía por dentro cuando leía los cuentos de Ana. Ponía continuamente la conjugación “Vos andantes”, escribía a través todo junto y siempre usaba la palabra temerario para describir algo aterrador. Sus cuentos eran un divertimento para la familia, y sin embargo una vergüenza para Ana, quien quería ser una escritora publicada como su padre. Pobre Ana, la escritura no era la suyo, pero es verdad que se esforzaba, horas y horas en la biblioteca.
Presentaba sus historias en los concursos mas importantes, a los mismos que yo. Como dije, quería ser la mejor. Obviamente los cuentos regresaban, una y otra vez sin un peso en el sobre, porque como también ya dije, la escritura no era lo suyo.
Pero un día ana se enfermó, y se enfermó muy gravemente. Los doctores me decían que no había mucha esperanza, y decían mucha solo para hacerme sentir mejor, o menos peor. Yo quería que Ana viviera la experiencia de ganar. Yo quería verla sonreír con el premio en una mano y el cuento publicado en la otra, quería hacer a mi hija feliz. Conseguí un concurso, era de los grandes, y cuando llego la hora de enviar nuestros cuentos tome una birome e invertí los nombres. Quizás pasara vergüenza, pero sabía que valía la pena.
El tiempo pasaba y los sobres no llegaban. Y lo más doloroso de todo, Ana empeoraba. Empeoró hasta que los doctores sacaron el mucha de la frase y terminaron por decir “no hay esperanza”. El funeral fue muy intimo, solo la familia, y decidimos enterrarla con uno de sus cuentos, el mejor, ese sobre un viaje temerario que en verdad era aterrador. Ana, la escritura no era lo suyo, pero nunca podría habérselo dicho.
Meses después saqué dos sobres grandes del buzón de la casa. Los miré por varios minutos y finalmente abrí el primero. ¿Sería el cuento nuevamente rechazado? Mucho no me importaba, no vería a Ana sonreír. Sin embargo, sería bueno para su memoria: su sonrisa un recuerdo inventado, un libro con su nombre grabado. Abrí el sobre y lo saqué, si, era un libro, un libro de cuentos verde y flaco, y en la primera página encontré un cheque por mil pesos, un cheque con mi nombre. Contra el verde de la tapa resaltaba el mismo nombre, y justo al lado un título: “un viaje aterrador”.
29 marzo, 2011
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